Yo no debí estar ahí.

Hoy tuve que salir a comprar algunas cosas con un proveedor, mi ruta era sencilla, a menos de diez calles se encuentra una tienda que tiene exactamente lo que necesitaba, sin embargo, del lado opuesto a veinte calles se encuentra otro, con una mejor oferta de producto que el primero. Decidí cambiar la ruta, pensé que podía encontrarme con algunas cosas nuevas que comprar. Y cambié.

A veces pienso que la vida por momentos ha sido injusta conmigo, que  me ha dado buenos golpes de los que ni siquiera me recupero, pero a veces también la vida se encarga de recordarme lo afortunado que soy.

Tomé el coche y salí rumbo a aquel proveedor que estaba más lejos, justo estaba pasando una calle que está en alto, cuando me di cuenta que la gente comenzaba a salir y asomarse de sus casas con la mirada clavada a la siguiente esquina; -un choque- pensé, conforme me acerqué a la esquina me di cuenta que no había choqué alguno, pero que sí había ocurrido algo, bajé mi cristal para poner más atención y hasta mis oídos llegaron los gritos desgarradores de una mujer, fui bajando la velocidad y comencé a entender lo que sucedía; hacía unos segundos habían atropellado a la hija de la señora que gritaba desconsolada, había por el pavimento regados trozos de una carriola y en la orilla de la banqueta la mujer levantaba a su pequeña hija, era una mujer muy humilde, a su lado un niño de unos 3 años notablemente desesperado, la madre gritaba por su hija, con gritos que aún resuenan en mi cabeza. El que había cometido la catástrofe había huido.

Cuando volví en mí, pensé que debía ayudar de alguna manera, justo a una calle de esa maldita esquina está un hospital privado; retomé el camino como pude, y llegué en pocos segundos al lugar, había una ambulancia en el garage, bajé y grité, -acaban de atropellar a una niña, necesita ayuda-, de la ambulancia salió un paramédico que, para mi sorpresa, tomó sus cosas y caminó hacía mi, -aquí en la siguiente esquina- le dije, otra persona llegó corriendo con la misma petición, ambos se fueron hacia el lugar, subí a mi coche y tomé un poco de aire, -va a estar bien-, se me emparejó un taxi que venía del lugar y me dijo sin conocerme, -está muy grave la niña-, solo asentí con la cabeza.

Encendí el coche y di la vuelta con dirección al lugar, la madre gritaba y vociferaba, se podía escuchar desde lejos; al pasar enfrente, ya el paramédico atendía a la pequeña, y la vi, vi su rostro ausente, su pequeño cuerpo laxo, su ropa humilde, sus facciones de una pequeña niña hermosa, su cabello con un fleco en la frente, su color de piel, fue un instante, un pequeño momento que describió mi propia vida, no daré más detalles. -Estará bien, ya la están atendiendo y ya viene la ambulancia- pensé. Me fui.

Llegué a la tienda, y estaba cerrada, yo seguía con los pensamientos revueltos y no quise quedarme a esperar a que abrieran, ya era media hora más tarde de lo que debían abrir, decidí irme y me lamenté profundamente haber salido, haber decidido cambiar mi ruta, maldije a la tienda por estar cerrada, me lamenté por todo. Regresé a casa.

Obviamente quise regresar por la ruta donde había sucedido el accidente, desde lejos pude darme cuenta que la ambulancia ya estaba ahí, había llegado muy rápido yo casi no había tardado, apenas unos minutos. Al estar cerca vi a mucha más gente, y los paramédicos poniendo la cinta amarilla para cerrar la calle y desviar a los coches, nuevamente los gritos de la madre alertaron mi corazón, claramente distinguí un “No puede ser, no puede ser”, y pasé en frente, y ahí estaba ella, la niña, tendida en el pavimento, ya con la sábana completa cubriendo su cuerpo, había fallecido.

Yo podría entender que los accidentes ocurren todos los días, que la gente muere en instantes. Pero lo que vi hoy atravesó mi corazón y partió mi alma en pedazos, tengo los pensamientos con su rostro, y un enorme nudo en la garganta. Que injusta es la vida, que injusta. 

Hoy, sirvan estas líneas para decirle a esa niña que ya no existe en este plano que, para mi exististe, y existirás siempre, sin conocerte llevaré tu recuerdo y dejo este testimonio que sirva para honrarte, lamento que fuera la narración de tu muerte, pero no te conocí en otro momento. Espero que tu madre algún día encuentre un poco de paz, que no le gane la locura, aunque yo, tal vez, lo entendería; te llevaba con sus manos en tu carriola a vender algodones de azúcar y de pronto te fuiste, entiendo cada grito que escuché.

Nadie soy para hablar de ti, simplemente soy un tipo que está sentado en la oscuridad de su hogar, vivo, pensando, yo no debí estar ahí.

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