Ya nada que perder.

Me imagino en la orilla de un abismo, viendo al horizonte, frente a mi un atardecer y detrás pura oscuridad. Me veo vulnerable, solo y apenas con fuerzas, pero de pie. Ahí estoy yo viendo como el mundo detrás de mí se cae a pedazos y yo apenas armado con algunas ideas para enfrentarlo. El estruendo cada vez es más cerca, más. No me queda otra que saltar al vacío, en este punto, ya no tengo nada que perder. 

Todos los días se han ido convirtiendo en nuevos retos y aprendizajes que a veces aplico a mi vida y a veces no. He sentido matices nuevos, dolores, punzadas, ansiedades, desesperación, miedo, muchísima tristeza, he dado más pésames en los últimos meses, que en todos mis años. Creo que el concepto de la muerte ha mutado considerablemente en este tiempo.

Durante esta cuarentena he hablado con muchas personas (en línea), y he conocido otras perspectivas de la vida. Ahora más que nunca pareciera que estamos esperando un momento para tomar el tema del COVID y contar lo que sabemos. Por lo que no ha sido difícil conocer de primera mano las nuevas historias que se están contando, se sienten a flor de piel los cambios, las vueltas, los sufrimientos y la fe.

Mientras nos convertimos en un hervidero de emociones, algo nace de manera subyacente, lo noto en la mayoría de personas con las que he charlado. La gente ya sea por fuerza, por circunstancia, por amor o por otras razones, se está dando cuenta que existe más allá de la vida que conocía. Muchas personas han perdido empleos, empresas, familiares; han perdido esa “base” en la que se sostenía económica y psicológicamente y han tenido que hallar nuevos senderos en su existencia. Por lo tanto hay humanos saliendo de muchas cajas mentales en las que vivían pensando que no había más que hacer que lo que hacían “antes”, y esos descubrimientos están siendo muy poderosos para muchos. 

Y no estoy hablando de “hay que hacer lo que hacer para salir adelante”, no, eso existe desde siempre, y tiene que ver con ese instinto de supervivencia que nos empuja a no dejarnos morir. No hablo de ello, hablo de algo similar en concepto pero muy diferente en realidad, es una especie de despertar, es como dejar a un lado un cerebro mecánico para conectar con un latido en el corazón, estas personas están dejando de ver únicamente para el frente y están viendo las estrellas. Es como apagar la televisión para comenzar a disfrutar del paisaje.

Es extraño, lo sé, y creo que no encuentro las palabras exactas para poder expresar lo que he notado. Dejar atrás lo que nos han dicho que somos y la imagen residual que se ha creado a partir del contexto en el que nos encontramos, para entendernos más humanos, más reales, con nuevos objetivos y desde luego nuevos caminos. Vernos por fin a nosotros mismos. 

Por ello creo que en resumen nos hemos dado cuenta que no tenemos ya nada que perder, y cobra sentido imaginarme a mí mismo en la orilla de un abismo, sin nada que perder, pero con mucho que ganar. ¿Habrá que lanzarnos entonces?

Muchas gracias por leerme, te invito a leer “Tocar fondo”.

Te leo.

2 comentarios sobre “Ya nada que perder.

  1. Hermoso… como siempre… me encanta saber que aún tiene ánimo de aventura… todo pasó hacia adelante… es bueno… todo paso que te lleve a un lugar distinto del que estás… esta bien, aunque de inicio no lo parezca.

    Un abrazo

    Lunatika (Lunya)

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